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Lo que Guzmán le pide a Pesce, y viceversa

Desindexar. Es el santo y seña del Gobierno. Si la coherencia suma, hay que decir que los funcionarios albertistas repiten esta palabra como un mantra. Y guarda sentido: “man” significa “mente” en sánscrito y “tra” que expresa “liberación”. Se sabe, es en los rituales de la política donde los gestos y palabras adquieren su máxima eficacia.

Todos los pasos que ha dado el Palacio de Hacienda, muchos de ellos condensados en la Ley de emergencia, abonan esta hipótesis. Parece existir un imperativo: el problema no es la inflación, sino la inercia inflacionaria. Por eso, a desindexar se ha dicho. Alterar indicadores o suspenderlos en el tiempo para lograrlo. Tarifas de servicios, el combustible y los costos de la obra pública, para poder desindexar también algunas prestaciones sociales. La pregunta es quien debería hacerse cargo de afrontar el costo entre lo viejo y lo nuevo. Por ahora, una parte sale directo de los pocos sectores productivos y de servicios que pudieron acumular en los últimos años. Otro tanto ponen los contribuyentes de mayores recursos.


La cifra que cifra el Gobierno, es que de a poco, los índices que se utilicen para indexar caigan en el olvido que, como decía Borges, es también una forma profunda de la memoria. En los últimos años, han germinado infinidad de mecanismos de actualización. El famoso IPC, el de costos de la construcción. Para los préstamos, está el índice de salarios o el UVA. Y hay más. Las cláusulas gatillo, que sirven para actualizar salarios. Hay uno para jubilaciones (en suspenso). También los hay que indexan obra pública. Y los de la energía, atados al precio del petróleo (o del gas) y el dólar. Sin prisa y sin pausa, la idea que recorre la Casa Rosada es la de cortar los hilos invisibles que atan los precios a los indicadores. Suspendieron la formula de movilidad jubilatoria, congelaron las tarifas de servicios públicos por seis meses y también por tres meses el transporte público. También se suspendió el aumento a los combustibles y hubo algunos días más de congelamiento para las cuotas de los UVA.

Pesce, egresado de la UBA, radical y luego radical K, trabajó junto a Redrado, Marcó del Pont, Fábrega y Vanoli.

De hecho, esta semana fue el propio Pesce el que puso la palabra-mantra nuevamente en escena. Aseguró que la baja de la inflación dependerá de la “desindexación de la economía” y vaticinó que ello también estará condicionado a un descenso más acelerado de las tasas de interés para la reactivación económica. El plan es endosarle al Consejo Económico y Social, cámaras empresariales y CGT, el trabajo sucio. Programas como el relanzado Precios Cuidados servirán también como ancla para los precios de referencia. Pesce piensa que no es solamente con instrumentos monetarios como se baja la inflación. Que la alta tasa de interés conspiró y mantener fija la base monetaria por mucho tiempo tampoco ayudó. Eso hizo caer muy fuerte los préstamos al sector privado y se vino la recesión. Ahora las cosas empiezan a tomar otro color. Bajó tasas de Leliq de 63 a 55% y le bajó encajes a los bancos para que puedan recortar el costo financiero en las líneas de crédito productivo y no hacerlo en las tasas que ofrece a plazofijistas. A su vez, el cepo frenó la fuga y el superávit comercial suma dólares que el BCRA puede capitalizar. Desde el 10 de diciembre, los depósitos en dólares en los bancos treparon u$s750 millones a u$s18.671 millones, pero están lejos de los u$s32.500 de antes de agosto. Las reservas del Central crecieron u$s1400 millones. Por supuesto, dicen, todo atado a la renegociación de la deuda. Fuentes de Gobierno esperan poder cerrar una propuesta formal para la renegociación. No ayudan Estados Unidos e Irán, pero la historia dice que de todas formas es probable llegar a un acuerdo. Por ahora, los bonistas hacen ommm.

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